José María Triper
Corresponsal económico de elEconomista.


“A los desasosiegos propios de nuestra incertidumbre política se unen las amenazas de una nueva recesión mundial impulsada por la desaceleración de China y de los emergentes y por la caída de los precios del petróleo, que, exigen actuar con decisión y altura de miras para cambiar las actitudes, las personas y las recetas aplicadas que se ha demostrado palían pero no curan.”

Los empresarios no deben entrar en política pero si deben hacer oír su voz y sus opiniones sobre las decisiones políticas. Hacía, recientemente, esta reflexión el presidente de Cepyme y vicepresidente de la CEOE, Antonio Garamendi, al tiempo que reclamaba un mayor protagonismo para la sociedad civil para dar ejemplo a de diálogo y entendimiento, algo en lo que las organizaciones empresariales y los sindicatos mayoritarios han sido pioneros, superando diferencias y renunciando todos a sus máximos para firmar las sucesivas ediciones del Acuerdo para la Negociación Colectiva y el Empleo (AENC).

Una sociedad civil a la que cada vez se echa más en falta en esta situación de inestabilidad e incertidumbre en que vive España tras las elecciones del 20-D y en vistas del espectáculo de una clase política, incluida la nueva, que parece haber perdido el sentido del Estado para mirarse el ombligo de sus miserias y sus ambiciones.

Las élites políticas y empresariales “han dimitido, no han asumido el liderazgo”, se lamentaba también recientemente el presidente del Círculo de Economía Antón Costas, al comparar la España de hoy con la de la Transición, cuyos protagonistas distan años luz en sentido del Estado, capacidad de renuncia, entrega y servicio a los intereses generales de esta mediocridad generalizada que impera hoy en nuestras clases dirigentes de todos los partidos y de todos los credos e ideologías, cuando las tienen.

Unos políticos y también unos empresarios, los de hoy en día, que, a la vista está, no han estado a la altura. El partidismo intolerante, la ceguera ante las crisis, la falta de soluciones imaginativas, el servilismo, el silencio cómplice, la prepotencia, el desprecio a los votantes, los nacionalismos y la corrupción han sido el pecado generalizado de esas elites durante los últimos veinte años de nuestra historia.

Y todo ello en unos momentos donde a los desasosiegos propios se unen las amenazas de una nueva recesión mundial impulsada por la desaceleración de China y de los emergentes y por la caída de los precios del petróleo, que, exigen actuar con decisión y altura de miras para cambiar las actitudes, las personas y las recetas aplicadas que se ha demostrado palian pero no curan.

Lo mejor que ha hecho Mariano Rajoy es incumplir los objetivos de déficit, apuntaba también Costas porque más ajuste hubiera perjudicado el crecimiento. Por eso es necesaria la voz de la sociedad civil, la de los empresarios, los trabajadores, y los ciudadanos de orden, para pedir un gobierno estable, para ofrecer soluciones y exigir responsabilidades. Y los líderes políticos, que tanto hablan en nombre de la calle, sólo tienen que mirar a las encuestas, escuchar las opiniones de esa calle y obrar en consecuencia. Caiga quien caiga, por sentido del Estado y por decencia.

 

José María Triper
Corresponsal económico de elEconomista.

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