Opinión

Del “Haka” Maorí al iglú

Jesús Centenera.
Agerón Internacional.


 

Nueva Zelanda

El país es como de cuento, con sus casitas blancas de tejados oscuros y sus jardincitos, sobre sus verdes colinas, junto a sus costas y montañas. Y dada su población de ascendencia mayoritariamente inglesa, irlandesa y escocesa, repartidas en dos grandes islas, es lo más parecido al Reino Unido que se puede encontrar. La única pega es que, al igual que Australia, está tan lejos, que es difícil de recomendar como destino turístico. Calcula entre 23 y 30 horas de vuelo, con sus cambios de hora, sus escalas, sus aeropuertitos tan lindos…. Por mi parte, tuve la oportunidad de viajar allí realizando un estudio de mercado y de ver un país tan interesante. La mayoría de las visitas eran en la isla norte, lo cual realicé tan aprisa como pude para poder visitar el museo de etnología, centrado en los maorís. El museo es como para pasar un día entero, siendo especialmente destacables las casas colectivas de madera pintada y las grandes canoas. (recomiendo el libro Making Peoples de James Belich). También tuve una invitación a cenar de una periodista de una revista gastronómica compartiendo una velada hogareña con un matrimonio neozelandés hablando de las islas, del país, de la economía y de S.M. la Reina de Inglaterra. Amén de darme una comida espectacular, que es lo bueno que tiene ir a cenar con personas que se dedican a la gastronomía.

Había también una gran cadena de supermercados en la isla Sur, así que tras unos días intensos me quedaba un viaje por hacer. Por cierto, ¿Cómo se llama la isla sur? ¿Simplemente: “Sur”? Pues sí es como si a Irlanda la llamaran la “isla Oeste” o a Cerdeña la isla de “En-medio”. Y ya puestos, debería ser la isla “Sudoeste” ¿no? Y la isla Stewart, más al sur todavía, ¿No debería ser la isla “Ultrasur”? Para llegar allí, tenía dos posibilidades: volar o alquilar una caravana, de las que había… ¡Cientos de ellas! ¿Cómo era posible? Pues porque se había celebrado un tour los British & Irish Lions, jugando contra los All Blacks (quedaron 19 a 38, pero a quién le importa ya) en Auckland, por lo que muchos “kiwis” (así es como se llaman) se habían desplazado hasta la isla norte con caravanas alquiladas, por lo que la empresa casi lo dejaba gratis para que les ayudaran a devolverlas a la otra isla. Pasé varias horas mirando el mapa, planificando el paso del ferry por el estrecho de Cook, y repasando los puntos a ver desde Auckland hasta Christchurch (Hamilton, Napier y Wellington). Pero era demasiado tiempo, por rápido que fuera, por lo que tuve que dejar mi excursión maravillosa y coger un avión. El tiempo fue excelente y pude ver el contorno de las dos islas, las montañas y la costa. Es un paisaje precioso, que me hubiera gustado complementar sobrevolando los grandes fiordos, así como los grandes lagos de los Alpes del sur. Esos fiordos son los que salen en el Señor de los Anillos y cortan la respiración.

Me apunté a una excursión para ver una especie de zoológico local y una representación de poblado maorí con una “auténtica” danza Haka, la danza ritual que bailaban los antiguos guerreros maorís antes de entrar en combate para asustar a sus enemigos y que ahora repiten los All Blacks, Imaginad los cuerpos y las caras tatuados. Los músculos fornidos. La posición amenazante con las piernas semi-flexionadas y los brazos retorciéndose en rápidos movimientos. Todo ello mientras todos lanzan gritos cortos, agudos y horripilantes. La verdad es que impresiona, aun viéndolo por la tele, y sabiendo que es sólo una simpática costumbre deportiva, por lo que imagina mi excitación al poder ver una auténtica danza de guerreros maorís, aunque fuera para turistas ¡Que te lo has creído! El terrible grupo de guerreros lo componían seis personas: un “guerrero” entradito en carnes, por lo que creo que debía de ser el cocinero del regimiento, pero que mucho miedo no daba, un anciano que ya debería estar retirado desde hacía años, el “pobretín”, una gordita de mediana edad (por decirlo de manera cariñosa, tanto lo de gordita, como lo de mediana edad, o sea como yo, pero en mujer), dos jovencitas con aspecto poco feroz y un chavalín al que habían cogido en el último momento. No daba crédito. Cantaron unas canciones muy bonitas, hicieron un poco de malabarismo y luego, en un alarde patético, llevaron a cabo la danza Haka, dando más pena que miedo ¡Ay! Aquella alegre Troupe hacía lo que podía para ganarse la vida.

Para acabar, fui al International Antarctic Center o Centro de Expediciones polares, ya que Christchurch es uno de las puertas hacia la Antártida (las otras son Ushuaia, en Argentina, Punta Arenas en Chile, Hobart en Australia y Ciudad del Cabo en Sudáfrica). Las dos mejores partes son el Hagglund ride, un vehículo todo terreno que va por un circuito accidentado y la Antarctic Storm o tormenta Antártida, una experiencia en una sala cercana a los cero grados, donde soplan vientos a 40 kilómetros por hora, y donde por fin entendí para qué sirven los iglús ¿O es que nunca has pensado que hacer una casa de hielo sólo se le ocurre al que asó la manteca? Pero, vamos a ver, ¿Para que haya hielo no tiene que estar como una nevera? O sea, yo sé que en el polo, norte o sur, no hay muchos materiales, pero… ¿Hacer una casa de hielo? ¡Qué frío! En fin, que es lo que tiene viajar, que aprendes lo que no has leído. Resulta que hay una cosa que se llama el “Wind Chill factor”, por el que existe una relación entre la sensación de pérdida de calor de la piel expuesta, no sólo con la temperatura, sino también por la velocidad del viento. Así, aunque en el iglú hace frío, es un excelente refugio contra el viento, evitando la rápida pérdida de calor corporal del exterior. Una vez dentro del iglú, el mismo puede calentarse con mantas, pieles, un pequeño fuego y mucho amor.

Jesús Centenera.
Agerón Internacional.

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