Jesús Centenera.
Agerón Internacional.


 

De la tristeza infinita del destierro

Tengo unos básicos conocimientos operísticos, y no soy capaz de comprender toda la belleza que transmite el género. Pero he tenido la inmensa suerte de poder escuchar opera aprovechando mis viajes por el mundo, desde Tosca en Ciudad de México, a Tristan e Isolda en Alemania, La Traviata en Madrid, pasando por Aida el mismo día que la Reina inauguraba la nueva Ópera de Copenhague, o Turandot en el anfiteatro romano de Verona con mi familia, por citar algunas. Entre las más populares, hay una que siempre me ha gustado mucho y que me ha conmovido sinceramente, el coro de los esclavos del Nabucco de Verdi, que expresa como nadie la tristeza terrible de la patria perdida.

Va, pensiero, sull’ali dorate;
va, ti posa sui clivi, sui colli,
ove olezzano tepide e molli
l’aure dolci del suolo natal!
Del Giordano le rive saluta,
di Sionne le torri atterrate…
Oh mia patria sì bella e perduta!
Oh membranza sì cara e fatal!
Arpa d’or dei fatidici vati,
perché muta dal salice pendi?
Le memorie nel petto raccendi,
ci favella del tempo che fu!
O simile di Solima ai fati
traggi un suono di crudo lamento,
o t’ispiri il Signore un concento
che ne infonda al patire virtù.
che ne infonda al patire virtù
che ne infonda al patire virtù
al patire virtù!

Cuando viajamos por esos mundos extraños, no deja de sorprendernos el despliegue de banderas, de himnos, de expresiones patrióticas, en países nuevos, pero también en algunos ya viejos como el nuestro. Porque es parte de la idiosincrasia española el no respetar los símbolos y el no valorar lo propio. A excepción de los rancios nacionalismos decimonónicos que aún campean entre nosotros, y que confunden el amor a la tierra con la exclusión del otro, en nuestro país no pasa de ser anecdótico el “fevor” (que viene de fiebre) patriótico. Y sin embargo ¡Ay la pena del exilio, el dolor de la patria añorada!, para muchos españoles, incluso de aquellos que no sabían que amaban a su país. Porque hay los que salieron por la emigración del hambre, que se dirigía afuera, primero hacia las Américas, que también nos acogieron, y con cuyos hijos somos tan cicateros e insolidarios; luego hacia el norte, a soportar un frío luterano en Europa (en feliz expresión de Pérez-Reverte). Recomiendo el libro “El rediezcubrimiento de América”, divertido pasatiempo de Marco Aurelio Almazán, que cuenta la historia de uno de esos miles de jóvenes que cruzaban la mar océana, sabiendo que lo más probable es que no volvieran a ver nunca a sus seres queridos. Empieza recordando la imagen del Dorado que, supuestamente era América, en donde se ataba a los perros con longanizas, despidiéndose de su madre en una escena desgarradora, siguiendo luego por sus muchas peripecias y acabando con la vuelta como indiano. Qué gran trabajo debe de haber escrito en algún lado, pero que yo desconozco, que cuenta las historias de esos cientos de indianos, cuyas casas adornan toda la cornisa Gallego-Cantábrica, y que servían, a su vez, como imanes irresistibles para nuevas generaciones, miles de cuyos jóvenes más audaces tendrían una vida durísima por delante, lejos del hogar, de la familia y del terruño.

Hay otro exilio peor, el forzado por la guerra o la represión, como los cientos de miles que llegan a las costas europeas, arriesgando su vida y la de sus familias, con tal de huir de la muerte y de la desesperación que produce la falta de futuro. Pero no se puede dudar, ni por un minuto, el que echan de menos su tierra. Incluso los que se integran y se asientan, no dejan de suspirar y de pensar en el regreso, hasta que los hijos se van convirtiendo en extraños y extranjeros para sus padres, al integrarse en mayor o menor medida en las nuevas sociedades ¡Qué divertida la película de “Quiero ser como Beckham”! Pero que engañosa también a su estilo, porque hay otras decenas de miles de historias más lóbregas y desoladoras, que, a veces, nos arrojan el fenómeno tan difícil de comprender de terroristas que se han criado en medio de nosotros.

¿Volver? Hay mucha gente que no sabe que durante la dictadura de Franco se promulgaron varias leyes de amnistía, o, mejor, como indica la Fundación Juan March: “El período de tiempo comprendido entre 1936-1977 es abundante en indultos y escaso en amnistías.” En este contexto del que nos ocupamos hoy, lo importante no son los motivos, ni la aplicación, ni el aprovechamiento que quisiera hacer el régimen. Lo que siempre me ha hecho pensar es la situación desgarradora de todos aquellos miles de republicanos que habían huido de nuestro país, pero que veían una rendija abierta para volver, pero sometiéndose a un régimen del que muchos abominaban. Hubo los que cedieron y hubo los que no. Pero todos tuvieron sus micro-historias de dolor. Sabiendo lo que sé ahora, yo no hubiera sido tan bravucón como El Cid en Santa Gadea de Burgos:

—¡Vete de mis tierras, Cid,
mal caballero probado,
y no me entres más en ellas,
desde este día en un año!
—Que me place —dijo el Cid—.
que me place de buen grado,
por ser la primera cosa
que mandas en tu reinado.
Tú me destierras por uno
yo me destierro por cuatro.

Porque se sale muy gallardo, flameante, pero se apaga uno poco a poco, pudriéndose por dentro. No deja de llamar la atención la aguda diferencia entre los versos alegres y subidos de tono del Ars Amandi y los tristes y quejumbrosos de las Tristia (o “Tristes”), más patéticos, si cabe, en las Epistulae ex Ponto, (o “Cartas desde el Mar Negro”) del pobre Ovidio. Imaginad entonces si hubierais sufrido el ostracismo, ese destierro ateniense por diez años, a veces por capricho o envidia.

Digamos, pues, con una engañosa esperanza, como decían los judíos de la diáspora: “El año que viene… en Jerusalén”.

Jesús Centenera.
Agerón Internacional.

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