Opinión

La realidad es más triste que las películas o de la historia de un antiguo viaje a EE.UU.

Jesús-Centenera-(Ageron)

Jesús Centenera.
Ageron Internacional.


No es cierto que cualquier tiempo pasado fuese mejor. Yo soy más bien de ese grupo que cree, como dicen en inglés, que “the best is yet to come!” Lo pasé muy bien de joven, pero eso es para un ratito, que ser adulto también tiene sus cosas extraordinarias, sobre todo el (aparente) control de tu vida. Pero, a veces, algunas veces, mientras me mezo en mi mecedora estilo Kennedy, en el porche de mi vieja casa de campo, fumando mi desgastada pipa de marfil y mirando el cielo ardiendo por los rayos del último sol mortecino de la tarde, me entra una añoranza de esos años de juventud viajera, en concreto de un viaje a Estados Unidos que te voy a narrar, que se me hace un nudo en la garganta y me corre una lagrimilla por la mejilla cuarteada por el paso del tiempo y las inclemencias de los elementos de esa dura vida de marinero de barco ballenero que he llevado. Canturreo, quedamente, la ñona canción de Campbell y Newman, que me enseñó el viejo O’Hara: “Now I’m old and I’m ready to go, I get to thinkin’ of what happened a long time ago, Well I had a lot of kids, a lot trouble and pain, Oh God, I’d do it all again”.

En fin, que se me ha ido la mano, y ya estaba contando un cuento fantasioso y recargado, porque no tengo porche, ni mecedora, ni fumo en pipa (que me atraganto), ni he sido ballenero, ni, por supuesto, tengo arrugas significativas en mi cara, ni nada de nada. Bueno, miento, que sí, que hay “algo de algo”. Ese viaje. “El” viaje. Ese viaje iniciático, el que te cambia la vida, el que te abre la mente al mundo (aunque parafraseando a Mafalda, “a algunos no les hace ni un arañazo en su mente de brutos”). Todos tenemos ese viaje, bien sea al corazón de África, remontando el río Congo como Joseph Conrad (ahora no me acuerdo de si subía o bajaba el río, pero que le debió impresionar, le impresionó, como nos contaba en su Heart of Darkness, recomendado para los que disfrutan de las novelas de viaje, pero las de verdad y no esto que yo escribo), o bien sea a Benidorm en un coche seiscientos con toda la familia y aparejos de playa, que cada uno tiene su “Road Movie” particular. Déjame, por favor, que te cuente algo del mío.

Al trabajar mi padre en KLM teníamos billetes sujetos a espacio y habíamos viajado por todo el mundo, pero siempre en familia, hasta ese primer viaje en solitario. Tenía unos 21 años, un niño para todos los estándares, menos para mí, que era medio idiota y bastante insensato. Pero la gente tiende a no insultarse a sí mismo, es más hasta se tiene cariño, lo cual en mi caso tenía un pase, pero hay cada uno que no acabo de entender de dónde le viene ese auto-aprecio. En fin, déjame una cita para cinéfilos, para que veas cómo lo recuerdo. Es la que decía Morgan Freeman en Cadena Perpetua, y que podemos adaptar así: “a veces me gustaría tener la oportunidad de charlar con ese joven inconsciente que yo era y explicarme lo que es la vida”. Aun así, qué hermoso es conocer el mundo y conocerse a uno mismo poco a poco.

En uno de los tours como guía turístico en España, yo me había medio-enamorado de una encantadora chica estadounidense, dulce de carácter, y muy atractiva físicamente, alta (me sacaba una cabeza), rubia de ojos azules y guapa, que vivía en Virginia occidental, cuyo nombre omito, pero no me parecía correcto ir a su casa, aunque ella me había insistido que a sus padres no les importaba. Yo preferí quedarme con Sam, otro joven del grupo muy simpático, porque lo otro no me parecía apropiado (ya ves, soy hijo de otro siglo). Y el estar en casa de Sam, además de más correcto, me daba un poco más de libertad para pensar con claridad sobre el tema, de si la relación podría tener recorrido o no.

Ahora me parece un poco ridículo, pero la casa de Sam me daba un poco de miedo. Él vivía solo con su madre, una mujer joven, rondando la cuarentena, pero avejentada, con el pelo canoso recogido siempre en un moño. No hablaba apenas y tenía la mirada perdida. Era como una madre fantasma, pero, aparentemente, viva, moviéndose sigilosamente, casi levitando, por los largos y oscuros pasillos, cuando no estaba en el jardín. La casa estaba siempre en penumbra, porque no abrían casi nunca las contraventanas. Y al ser de madera vieja, crujían todas las tablas, lo cual, por otro lado, era muy bueno, porque en la penumbra oías llegar a la madre de Sam por el pasillo, evitando que te infartara. Pasaba el día haciendo tareas domésticas e intentando mantener limpio de hojas ese inmenso jardín aislado de las afueras. Sam era huérfano, porque su padre había muerto en Vietnam. Una vez me enseñó la bandera doblada en forma de triángulo y la foto de su padre con la medalla. Como en las películas. Pero aquello no era una película y, sobre todo, no me pareció heroico, ni patriótico, ni hermoso. Yo había aprendido en mis clases de latín aquello de Dulcis et decorum est pro Patria mori. Pero allí sólo veía la tristeza de una familia truncada por la guerra, con una mujer que nunca se había repuesto del golpe y parecía muerta en vida, y un hijo adolescente que necesitaba a un padre que había perdido cuando niño y que nunca volvería. Pero, si bien es cierto que me daba pena la madre de Sam, no por eso dejaba de darme miedo y me encontraba turbado en su presencia, sin saber muy bien cómo conseguir sacar conversaciones, o ayudarla. Cómo deseo, a veces, poder volver a ser ese joven inmaduro, para intentar consolarla, en lugar de rehuirla. Un beso aquí, a través del tiempo y del espacio.

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