Opinión

Cataluña, la paz empieza nunca

Opinión-Triper

José María Triper.
Director de Comunicación de CESCE.


Recurro al título de esta galardonada novela de Emilio Romero, La Paz Empieza Nunca, para intentar explicar lo que es el escenario presente, y me temo que el futuro a corto y medio plazo, de la turbulenta convivencia de Cataluña en el marco de la España plural y democrática.

Y digo esto sin conocer, a la hora de escribir estas líneas, cuál va a ser el desenlace de gobierno ¿o no? de estas insólitas, por las circunstancias previas, elecciones autonómicas cuyo resultado en las urnas nada o muy poco parece resolver. Y a las que hemos llegado por la demencia interesada de los unos y la aquiescencia pasiva de los otros durante un proceso que arranca en los albores de la Transición, cuando lo constituyentes con la mejor voluntad intentaron hacer de España un traje a medida de los nacionalistas, sin prever que estos iban a ir engordando obscenamente el cuerpo con el alimento legal y económico que el Estado les suministraba hasta romper los hilvanes de la ya de por sí amplia indumentaria.

Porque ocurra lo que ocurra en las negociaciones y componendas para intentar formar un gobierno medianamente estable y con la espada de Damocles de una repetición electoral y la amenaza de nuevas algaradas en las calles, lo único cierto es que el desafío va a seguir igual o acrecentado y sin visos de una solución que los insurrectos no quieren y los constitucionalistas no tienen, por mucho que hagan equilibrios con la financiación autonómica, la reforma de la Constitución o con esa entelequia incoherente de las plurinacionalidades.

Dialogar, negociar y tender puentes, por supuesto. Pero hay que tener muy claro que el diálogo no significa sumisión ni aceptación sin condiciones de planteamientos ilegales y contrarios a la igualdad de todos los españoles que consagra la Constitución.

Las vías de acercamiento no pasan, es verdad, por la restricción de libertades o la creación de falsos mártires que es lo que buscan Puigdemont, Junqueras y el resto de la tropa. Pero tampoco por una ampliación de competencias e inversiones, solución que, más que comprobado está, ni palía ni resuelve.

El Banco de España no ha podido ser más claro: el proceso independentista de Cataluña ya está afectando de manera negativa a la economía de esta comunidad autónoma y lo está haciendo provocando una menor inversión inmobiliaria, lastrando la compra de vehículos de carga, afectando al empleo y expulsando al turismo. Y si la fuga de más de 3.000 empresas, la caída del 20 por ciento en las reservas hoteleras y de entre un 10 y un 15 por ciento en las ventas del comercio, las previsión de un crecimiento del PIB inferior al de la media del Estado o la pérdida de casi 15.000 empleos sólo en el mes del sucedáneo de referéndum, el doble que hace un año, no han sido argumentos suficientes para devolver el seny a quienes prosiguen su camino hacia el abismo sin retorno al que quieren arrojar a Cataluña y a sus gentes, tampoco lo van a ser las buenas razones, la promesas o las transferencias.

Cómo recordaban recientemente Xavier Vidal-Folch y José Ignacio Torreblanca, citando el informe ‘Fiscal Federalism’, de la OCDE en 2016, “España es el séptimo país de la OCDE según el baremo del poder fiscal descentralizado; y el primero en intensidad de su descentralización entre 1995 y 2004”. Pero los nacionalistas llevan demostrando en estos últimos cuarenta años que son insaciables y que no quieren más autogobierno sino la independencia.

El pacto fiscal, transferir la Seguridad Social rompiendo así la caja única del sistema o permitir que Cataluña tenga representación propia en organismos internacionales y competiciones deportivas sólo serían un paso más hacia la secesión y un error tan grande como el que cometiera el gobierno de José María Aznar al descentralizar las competencias en la educación no universitaria y en la sanidad, culminando así el proceso de concesiones que habían iniciado los gobiernos de Felipe González. Los dos presidentes que más alimentaron el crecimiento del nacionalismo catalán. De esos barros vienen estos lodos. Ahora es muy tarde para dar marcha atrás y en el estado actual de la cuestión, la paz no tiene visos de que vaya a empezar nunca.

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