Opinión

De las arenas de Arabia a los árabes de las marismas o de lo necesario que es mimetizarse

Opinión-Ageron

Jesús Centenera
Ageron Internacional.


Empezaba a perder la paciencia con el encendido de la pipa ¡Maldita humedad que había impregnado el tabaco! Volteó la pipa de madera cobriza, le dio unos toquecitos y vacío su contenido en el suelo. Rascó un poco, por si hubiera quedado carbonilla y sacó una nueva bolsita de tabaco holandés, cogiendo unas briznas que introdujo dentro de la cazoleta. Luego apretó con la parte plana de la varilla metálica. Encendió su mechero Zippo y acercó la llama mientras aspiraba, emitiendo ese ruido tan característico que hacen los fumadores de pipa. Parecía que empezaba a tirar, y un rico aroma inundaba la estancia. En fin, no creía que pudiera acostumbrarse nunca a estas marismas pantanosas. Porque… ¿Cómo querría alguien en su sano juicio vivir aquí? Lo más gracioso era que los Madanes eran descendientes de beduinos, árabes del desierto que habían cambiado las dunas y la sequedad extrema con una vida de comercio y pastoreo, por una vida en esas marismas dedicados principalmente a la agricultura (incluyendo el arroz) ganadería (del búfalo de agua, pero también ovino y caprino) y a la pesca. Debió ser un gran viaje en el tiempo y el espacio, y un gran esfuerzo de aclimatación, pero es cierto que una de las características del ser humano es su gran adaptabilidad al medio.

Abrió un arcón oculto, extrajo con cuidado un paquete envuelto en telas mugrientas, lo desenvolvió con cuidado, y se sirvió un culín de un vaso de su botella de la isla de Skye, regalo de su colega Gavin Maxwell, ese escocés tozudo (“Aren’t they all?”), con ese olor intenso a ahumado y madera. Era un buen tipo ese Gavin, y compartían muchas cosas ambos. Menos mal que él no era de tomarlo en las rocas, porque allí no hubiera sido posible ¡Ummm! El alcohol es en verdad un veneno delicioso que nos administramos a nosotros mismos. En el fondo, pensaba, era como Mitridates el grande del Ponto, que ingería distintos venenos cada día para evitar ser envenenado. Pues entre ese whisky excelente y ese café de achicoria no le faltaba veneno diario para acostumbrarse. Pensar que había estado en su natal Etiopía durante la guerra tomando uno de los mejores cafés del mundo sin llegar a valorarlo como se merecía, ¡Ay!, en la salud, en el amor y en el café sólo echamos de menos lo que tuvimos y ya no tenemos.

Tras su experiencia en Arabia, su espíritu viajero y aventurero le había llevado hasta el sur de Iraq, a habitar entre una comunidad muy peculiar, los árabes de las marismas o Madan, que eran musulmanes chiítas duodecimanos, lo cual era lógico por la cercanía con la vecina e inmensa comunidad chií persa. Pero era curioso porque eran una excepción entre los pueblos árabes que eran mayoritariamente suníes y hablaban árabe. De hecho, en lugar de realizar el “Hajj” o peregrinación a la ciudad santa de la Meca, el peregrinaje religioso lo hacían a Mashad en la vecina provincia persa de Razavi Jorasán, al santuario del imam Reza, “que Allah le de la paz y le tenga en sus plegarias”, como ellos dicen.

Thesiger se ciñó su “thawb” o “Jubbah” la túnica de algodón fino y fresco, y se ajustó la kufiya en la cabeza, para dirigirse a la casa común tribal o “Mudhif” donde le esperaban. Hacía tiempo que no vestía a la occidental por varias razones. Habiendo nacido en el Etiopía, hijo del cónsul general, durante la máxima expansión del imperio británico, y servido en el Sudán anglo-egipcio durante la guerra, había visto demasiadas veces el desprecio racista y colonial de sus compatriotas hacia los indígenas en diversas partes del mundo, un mundo que no hacía más que cambiar. Siendo nieto del famoso Frederic Lord Chelmsford de las guerras zulúes (para bien o para mal, ¡Vaya herencia!), había tenido una esmerada educación en Eton y luego en Oxford (“Where else?”), pero había conseguido librarse del rancio olor a naftalina a base de viajar, explorar y convivir con otras culturas, principalmente con los árabes, al igual que Thomas Edward Lawrence medio siglo antes. No se trata de vestir como ellos, sino de demostrar por medio del atuendo, de las palabras y los gestos, el respeto a las costumbres y tradiciones locales. Además de la vertiente práctica, como había comprobado cruzando dos veces el desierto de Arabia (con un sinfín de peripecias que no vienen a cuento aquí). Sí, definitivamente le gustaba su aspecto local y lo que representaba. Como el tiempo dedicado a leer el Corán, y a familiarizarse con el islam, sus enseñanzas y sus preceptos. Amén de que, con un poco de vanidad, también le gustara que le llamaran “Mubarak bin London”, o el “bendito” de Londres. Tan sólo le costaba desprenderse de su pipa, aunque también fumaba la Shisha con sus anfitriones cuando estaban todos sentados en círculo en el suelo, y el whisky, pero ese era un pecadillo que tenía en privado, y del que no hacía ostentación, para no herir sensibilidades. Se había ganado su confianza, hasta el punto de que le llamaban a consultas en muchas de las disputas locales. Al final, reflexionó, sólo la cercanía permite apreciar correctamente la realidad y comprender cómo funciona el mundo. Se aclaró la garganta y cambió su aliento con unas pastillas del casi centenario Fisherman’s friend y se dijo a sí mismo: “En fin, Wilfred, vamos para allá, a sumergirnos de nuevo en esta realidad extraña pero hermosa, aprendiendo la manera en que cada cultura ayuda a sobrellevar la vida a otros hombres, y que nos hace vivir varias vidas en una”.

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