Opinión

De un viaje en tren hacia los guerreros de Xian o de cómo se puede transformar cualquier viaje en una novela

Jesús-Centenera-(Ageron)

Jesús Centenera
Ageron Internacional.


Hace unos años escribí sobre mi primer viaje a China en un artículo de Moneda Única titulado “DEL VOLCÁN AL DRAGÓN. Un viaje iniciático a la China milenaria en 2010”, incluyendo como el maldito volcán Eyjafjallajökull de Islandia incrementaba su expulsión de ceniza volcánica, en la región de Fimmvörðuháls, para evitar que me desplazara a China, como venganza contra Julio Verne y su “Viaje al centro de la tierra”. Otra vez escribí sobre el “descubridor” de los guerreros de terracota de Xian, “LOS GUERREROS DE TERRACOTA DE XI’AN o de la información subliminal”, que tuve la oportunidad de visitar algunos años más tarde. Cómo no sentirse atraído por un sitio Patrimonio de la Humanidad, como son los guerreros de Terracota de Xi’an. Aunque los hayas visto decenas de veces en la tele, las redes, como láminas de libros de historia de China, o en alguna exposición itinerante, la sorpresa es total al contemplar el conjunto, las largas hileras en formación de los 7.000 guerreros, arqueros, generales y caballos que forman el conjunto del mausoleo del primer emperador de China, Qin Shi Huang. Pero, a diferencia de la primera visita a China, en donde daba todo tipo de detalles sobre el viaje en sí, en esta segunda nunca conté cómo fue mi viaje hasta ese destino, ni las peripecias que me sucedieron en el mismo, propias de un guión de novela barata de tapa blanda, o de una película de bajo presupuesto, con casi imperceptible vis cómica pero sin fuelle. En parte por vergüenza, porque ya no tiene uno edad para hacer ese tipo de bromas, en parte para no perder el escaso respeto que me puedan tener mis lectores. En cualquier caso, allá vamos.

En los viajes de negocios a Pekín, que ahora se dice Beijing, o capital del norte, hay mucha gente que aprovecha para hacer alguna pequeña escapada de turismo, viendo la imponente “Ciudad prohibida” o “Zíjinchéng”, el “Templo del Cielo” o “Tian Tan” (¡Vaya nombres chulos, eh!) o incluso, en las cercanías, las tumbas de la dinastía Ming o la impresionante “Gran Muralla”, aunque gran parte de ésta, sobre todo la más cercana a Pekín, haya sido tan reconstruida, que algunos de broma dicen que se parece mucho a Disneylandia. Mi consejo es perder algo más de tiempo y desplazarse hasta tramos más alejados, ya que merece la pena. Lo que no es tan habitual para muchos es desplazarse hasta Xi’an, por la gran distancia. No obstante, existe un tren nocturno, bastante cómodo, que cubre el trayecto, permite ir en un día y estar de vuelta la noche siguiente, casi sin darse cuenta. No recuerdo muy bien ahora el asunto de los permisos y visados, pero no fue un problema cuando yo lo hice. El tema es que, al igual que contaba en el transiberiano, elegí “compartimento compartido” para poder hablar e interactuar con los locales y llegar a conocer algo de otras gentes, porque la soledad de estar rodeado siempre de extraños en tierra extranjera a veces abruma y asfixia.

Al entrar en el compartimento por la tarde noche, había un chino gordo como un buda, vuelto de espaldas y mirando a la pared. Saludé pero ni se movió, ni respondió. Me tumbé entonces en una de las tres literas libres, y me puse a leer. Al cabo de un rato, se asomaron dos mujeres de mediana edad y una adolescente con ellas. Estuvieron cuchicheando en inglés. Me levanté y les ofrecí que si eran tres, y viajaban juntas, no tenía inconveniente en dejarles mi plaza y cambiarme a la litera que ellas tuvieran en otro compartimento. Me dijeron que eran cuatro (luego me enteré que dos madres y dos hijas adolescentes), y que si mi amigo se podría cambiar también. Les dije que no era mi amigo, que parecía chino (así por detrás no es fácil decir) y que en mi opinión estaba muerto o en un profundo coma, porque no había respondido. Se fueron, para volver al cabo de un rato las dos adultas, quizás porque nosotros parecíamos más peligrosos. Les ofrecí la litera de arriba en la que yo estaba tumbado, para que estuvieran las dos juntas arriba, lo cual aceptaron. Al oír el acento estadounidense, les pregunté que de qué parte de EE.UU. eran, a lo que una de ellas se volvió y en un tono un tanto impertinente (o es que ya era tarde y yo estaba cansado) me preguntó que qué diferencia había que fueran de un estado o de otro. “¡Oh!, ninguna en realidad para mí –dije yo- aunque no me negará que no es lo mismo ser de Utah que de Boston”. Las dos mujeres se miraron, me miraron y se volvieron a mirar, y una de ellas dijo: “¿Pero ha reconocido los acentos?” Pues no, pero se me ocurrió como ejemplo de la “América profunda”, con los mormones de Salt Lake City comparada con la sofisticación de Nueva Inglaterra. Un tiro al aire, en realidad. Por increíble que parezca, ambas se habían criado en Utah, eran amigas del colegio, y una de ellas se había ido a vivir con su marido a… ¡Boston! Yo no soy de creer en las coincidencias, y creo que aquellas mujeres tampoco. Luego, cuando cuchicheaban de nuevo por la noche, o al menos eso creían ellas, entendí que al marido de la de Boston, que se llamaba Tom, le había desplazado a trabajar a Pekín la multinacional para la que trabajaba, y que habían invitado a su amiga de Salt Lake. Ahora estaban haciendo un viaje ambas con las hijas adolescentes a ver también a los guerreros de terracota de Xi’an. Me imagino lo que se les debió pasar por la cabeza. Pero, lo más divertido y estrambótico de toda esta aventura iba a suceder más tarde ¿Podrás esperar un mes para saberlo?.

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