Opinión

De un viaje en tren hacia los guerreros de Xian o de cómo se puede transformar cualquier viaje en una novela (II)

Opinión-Ageron

Jesús Centenera
Ageron Internacional.


El mes pasado nos quedamos en un tren en la China misteriosa camino de Xi’an, para ver a los mundialmente famosos guerreros de terracota de ídem. Como decía, en nuestro compartimento de cuatro personas, había un chino catatónico en una litera, y dos madres norteamericanas. Por resumir el artículo anterior, te diré que, al haber reconocido un acento norteamericano, había preguntado al azar si eran de Utah o de Boston, por decir dos estados muy diferentes en EEUU., con gran sorpresa de mis compañeras de compartimiento, oriundas, de hecho, de Salt Lake City y amigas de la infancia, una de ellas desplazada primero a Boston y luego, junto a Tom, su marido, a China a trabajar, como les había oído comentar por la noche. El tema es que allí quedó la cosa, y, vencido por el sueño, que suele ser invencible, me quedé traspuesto en aquella cama de tren nocturno.

Es muy bonito amanecer en un tren, como he podido comprobar atravesando Siberia, o llegando a París en el antiguo Puerta del Sol. Porque te acuestas con un paisaje y te levantas en otro mundo diferente. Amén del momento de confusión hasta que el cerebro se reinicia y se pregunta que dónde estás y quién eres (bueno esto último sólo si tienes personalidades múltiples, a mí no, que ya son muchos años y nos vamos conociendo). El hecho es que en este caso, no recuerdo que hubiera desayuno previsto, pero llevaba algo de comer, tipo “cookies” y alguna fruta, que ofrecí a mis compañeros de compartimento (el chino había revivido como por encanto, aunque seguía sin enterarse de nada).

Me despedí amablemente del chino anónimo y de las dos señoras norteamericanas, y me fui raudo hacia la salida, buscando al chofer que había contratado para que me recogiera y me llevara a ver a los guerreros, no se fueran a impacientar (después de dos mil años). Pasé un control de seguridad con guardias armados, con más pinta de militares que de policías, y salí a una explanada, en donde había representantes de agencias de viaje, familiares ilusionados y, puede que también algún carterista despistado, aunque no sé si usan de eso en China. El hecho es que no vi a nadie que me esperase entre la marea de caras sonrientes (¡Cielos!, ¿De verdad no te has fijado en todo lo que se sonríen los orientales? Es algo que tendríamos que aprender). No había cartelito con mi nombre, ni con el nombre de la agencia. Y así 10-15 minutos repasando al personal. Al final, pensé que igual al de la agencia le había dejado pasar al andén, como me había ocurrido en Ulan Bator en su día, y como yo había salido como una exhalación, no me había fijado bien. O sea, que vaya pastel, el de la agencia dentro y yo fuera. Con lo que decidí volver hacia dentro, pero el guardia, con su fusil automático cruzado en el pecho me dijo que no se podía volver a entrar. Eso o algo por el estilo, porque yo de chino sólo sé hola y gracias. Y éste no sonreía ni un poco. No debía ser oriental. El hecho es que veo a uno con pinta de oficial, capitán o lo que fuera, que no distingo rangos, pero se sabe quién está al mando. Y le hago señas de que se acerque. Le enseño mi billete y le digo que tengo que volver dentro. Lo mira, me mira, lo repasa, lo escudriña, y le hace un gesto al guardia para que me deje pasar.

Cuando llego al andén, allí no hay guía ni nada que se le parezca. En realidad, ha salido ya prácticamente todo el pasaje, a excepción de las dos norteamericanas y sus dos hijas adolescentes, que han contratado a un maletero para que les lleve el equipaje. Como veo sorpresa en su cara, al verme de nuevo, se me ocurre la broma inocente de decirles que he salido antes a ver si está todo OK, y que pueden salir sin problemas. Miradas de estupor entre ellas, porque no entienden nada ¿Habrá contratado su marido un servicio de seguridad? ¿Será algo de la embajada? ¿Por qué no me he identificado antes como seguridad si estoy al cargo de ellas? El hecho es que al salir, cruzo la mirada con el oficinal que me ha dejado volver a entrar porque está justo en la puerta de entrada, y se sonríe, al ver que acompaño a esos extranjeros, como pensando: “¡Ah!, para eso quería entrar este señor de vuelta!”, y muy satisfecho por haberme ayudado. Hasta el punto que se lleva la mano a la gorra de plato, en saludo militar, a lo que yo le contesto: “Shie shie” (Recuerda que sé decir “hola” y “gracias”). Claro, que visto desde fuera, ¿Qué pensarán las norteamericanas del de “seguridad” al que los oficiales chinos se le cuadran al salir y le sonríen. “Éste debe de mandar mucho” o “Vaya, parece que le conocen”.

En fin, que no hay pastel sin guinda, y cuando se van a montar en su coche contratado, le doy propina al maletero y le digo a la de Boston: “Dele recuerdos a Tom”. Un día me voy a condenar por ser tan gamberro. O peor, voy a dar con mis castigados huesos en una cárcel de un país en los que no te gustaría ir a la cárcel, pero es que no me pude resistir.

¡Ah!, un tema menor. Mi guía ya estaba allí con su cartelito, todo jadeante porque había llegado tarde, y estaba volado por no haber llegado a tiempo, deshaciéndose en excusas por el retraso. Tranquilo, Jordi, tranquilo… ¡A quién le importa que lleguen tarde a recogerte, estando contratado de extra en una película improvisada! Y dando que hablar, madre mía, lo que debieron hablar mis amigas de Utah dándole vueltas a la cabeza.

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