Opinión

El peregrinaje de Mendes Pinto o de las primeras impresiones de Japón en los occidentales

Jesús-Centenera-(Ageron)

Jesús Centenera
Ageron Internacional.


¡Estoy harto, pero harto, harto, de aprender sinónimos! Le dijo el marinero a Mendes Pinto. Pero, ¡Qué dices, insensato! ¿De qué hablas? ¿No será que “la” calor te hace desvariar? Que no capitán, que no, que yo soy de un pueblecito de la Sierra de la Estrella, la parte más bonita de nuestro lejana patria portuguesa, y no había visto el mar hasta que me enrolé como mozo con su excelencia, pero con las peripecias que hemos pasado por las costas de estas tierras de Asia, llenas de paganos, ya he aprendido a decir: zozobrar, naufragar, irse a pique, malbaratarse la nave, encallar y embarrancar. Es que el demonio le tiene ganas a vuesa merced y quiere que usted fenezca con agua en los pulmones, y todos nosotros también, para que no pueda decir postrera plegaria. Aunque, todo sea dicho, Nuestra Señora, la Virgen de Fátima, le tiene a vueseñoría bajo su protección y lo rescata en el último momento. Pero, diga usted conmigo, vuecelencia, que hay otras formas más tranquilas de bajar a tierra.

Lo cierto es que sí, que era verdad y no andaba descaminado ese botarate, ya que en su peregrinaje por las lejanas tierras de Oriente, “Por mares nunca dantes navegados”, habían sufrido muchas desdichas, yendo de la Conchinchina, hasta la fascinante China, desde el formidable “muro de los tártaros”, hasta estas islas que llamaban de Japón, “donde nace la plata fina”, a la que habían llegado, en el año de Nuestro Señor de mil quinientos y cuarenta y tres, arrastrados contra la costa por una inmisericorde tempestad, provocada por los insidiosos consejos de Baco a Neptuno:

“A ira com que súbito alterado
O coração dos Deuses foi num ponto,
Não sofreu mais conselho bem cuidado,
Nem dilação, nem outro algum desconto.
Ao grande Eolo mandam já recado
Da parte de Netuno, que sem conto
Solte as fúrias dos ventos repugnantes,
Que não haja no mar mais navegantes.”

Aunque el capitán Fernando Mendes Pinto no lo sabía, en realidad no habían sido Neptuno y Éolo los culpables, sino los vientos divinos japoneses, o Kamikaze, los que les había llevado hasta la isla de Tanegashima. Sería por Nuestra Señora de Fátima o por un extraño capricho del destino, pero la fuerte tormenta les había perdonado la vida, algo que no había hecho con las flotas chinas del gran Khan Mongol en el pasado, cuando habían intentado conquistar la tierra del sol naciente. Así, por primera vez en la historia, unos europeos ponían pie en el mítico Cipango del que había hablado Marco Polo, y que había buscado ese tal Colón, de grandes ambiciones, pero pésimos cálculos.

Camino de la ciudad principal, si se podía llamar así a ese villorio, los portugueses vieron algo que todavía sorprende al viajero a Japón: los campos de arrozales cubriendo cada pulgada de terreno que no es montaña, bosque o vivienda ¡Con lo duro que es cultivar el arroz, con los pies metidos en el agua, doblando la cerviz, bajo un sol abrasador, y plantando o recogiendo las ramitas una por una! (Tenía razón la canción filipina en inglés que nos enseñó mi padre: “Planting rice is never fun”). Aunque el Japón moderno se ve obligado a importar toneladas de arroz junto a una multitud de alimentos, sigue habiendo una agricultura minifundista de arrozales eternos, rodeando las zonas residenciales, que se apelotonan entre las montañas y el mar. No es sólo que sea un país superpoblado, sino que la densidad de población en algunas zonas es espectacular. A pesar de contar con un sistema de trenes y metros de los mejores del mundo, con vagones limpios y de gran frecuencia, los metros van llenos en esa hora punta, hasta el punto de que en mala hora se va en metro. De hecho, incluso han limitado vagones exclusivamente para mujeres, por lo incómoda que llega a ser la situación.

Pero, volvamos con nuestros portugueses, que ven una serie de sencillas casas de madera y papel, todas muy parecidas, como pasa todavía hoy en día en las zonas rurales, pero también en las zonas residenciales de las ciudades de uno de los países más ricos del mundo, aunque hoy en día con todos los cables eléctricos y de teléfono al aire libre. Son casitas bajas, de colores grises o marrones, de colores apagados, que no destacan una de las otras. Quizás aquí no cuenten con esos arquitectos que tenemos la suerte de tener en Occidente, que se creen artistas, y experimentan sus fantasías y veleidades con el dinero de sus clientes (pagar tanto para vivir en la casa que otro sueña). O más probablemente es que la sencillez y el no destacar son valores sociales altamente reconocidos. Llama poderosamente la atención la gran uniformidad de los niños, de los estudiantes, de los oficinistas, así como la disciplina, pero no en el estilo de las dictaduras totalitarias de los treinta, sino en el espíritu de la sencillez, la modestia y la discreción, amén de un grado de urbanidad que nos avergüenza a los gaijin o extranjeros.

Estoy convencido de que, además de llevarles la verdadera religión a los paganos, los primeros portugueses estaban interesados sobre todo en el comercio (cuando no el pillaje) y los japoneses en la tecnología militar, que sería una constante de sus distintas aperturas. De hecho, hay muchas de las 500 palabras de origen portugués en el japonés moderno que así lo atestiguan: el “Tanegashima” que es el arcabuz que llevaron los portugueses, y que tomó el nombre de la primera zona de contacto, el Furasuko (frasco), Bidoro (vidrio, ya que introdujeron la técnica del soplado), Shabon (jabón ¿verdad?), Tabako (pues eso), y otras más graciosas, como Karuta (por juego de cartas) o “pan” (por pan, jeje), así como la preparación del “tempura”, como rebozado para freír, en un país más de pescado crudo y verduras salteadas o cocidas. En realidad, esa lejana introducción de aceite para freír o condimentar, era lo que me había traído a tierras niponas, para hacer un estudio sobre el crecimiento extraordinario del aceite de oliva en este país en los últimos años, del que ya hablaré más adelante.

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