José María Triper
Director de Comunicación de CESCE.


Sorprendía la OCDE, y también el resto de organismos internacionales y servicios de estudios públicos y privados, cuando en sus informes de perspectivas irradian un inusual optimismo sobre la economía mundial en general y sobre la española en particular. El mundo ha vuelto a una expansión económica como no se veía desde antes de la crisis, afirmaba la organización de los países industrializados para justificar la revisión al alza de sus previsiones de crecimiento para este año y el próximo.

Cierto es que las previsiones iniciales eran especialmente bajas, y cierto es también que en el plano internacional, el ejercicio de 2017 y los meses que llevamos de este 2018 han permitido, a pesar de las tensiones proteccionistas disipar en parte los peores augurios derivados la victoria de Donald Trump y el Brexit. Las victorias de la corriente europeísta en los comicios de los Países Bajos, de Macron en Francia y la renovación del mandato de Merkel en Alemania han sido un elemento en favor de la estabilidad al actuar como freno a las corrientes populistas, haciendo posible la formación de gobiernos pro europeos en los países que forman el núcleo de la Unión Europea.

Este balance de las elecciones europeas, unido a la continuidad de unas condiciones financieras excepcionalmente laxas, el buen comportamiento de la economía china con un crecimiento por encima del 6 por ciento y el ligero aumento del precio de las materias primas, ha propiciado que a nivel económico en el ejercicio de 2017 se ha incrementado el ritmo de crecimiento de la economía mundial, pasando del 3,2 por ciento en 2016 a un 3,7 por ciento el año pasado, el valor más alto desde 2011, y las perspectivas alcistas se mantienen para este ejercicio.
Este crecimiento actual presenta, además, un elemento diferenciador positivo: la sincronización, puesto que, por primera vez desde 2007, los 45 países miembros de la OCDE registran tasas de variación positivas del PIB.

A pesar de ello persisten una serie de factores de riesgo, económicos y geopolíticos, que configuran el entorno a medio plazo entre los que destacan la vulnerabilidad financiera asociada al creciente volumen de la deuda, la escalada de barreras comerciales entre EE UU y China, la guerra de aranceles desatada por Trump contra la UE, Canadá y México, el desenlace del Brexit, el resurgir de Rusia en la Carrera por el poder con su creciente protagonismo en Oriente Medio, la rivalidad entre Arabia Saudí e Irán por la supremacía en esta última región y el auge de los partidos populistas-extremistas en Europea que se han situado como segunda o tercera fuerza política. Especial preocupación merece en este punto la expectación ante las decisiones que vaya a poner en marcha el nuevo gobierno en Italia resultante del acuerdo entre el Movimiento Cinco Estrellas y la Liga Norte.

Por lo que respecta a España, nuestra economía ha seguido manteniendo un ritmo de crecimiento en el entorno del 3 por ciento y suma cuatro años consecutivos de mejora, liderando el crecimiento de las economías desarrolladas. Asimismo ha cosechado también su quinto superávit consecutivo de balanza de pagos y las exportaciones registraron una nueva cifra récord.

Como consecuencia de este empuje exportador el peso de las exportaciones en el PIB ha aumentado un 53 por ciento hasta representar el 21,6 por ciento, que es el máximo histórico, y el tirón del sector exterior nos ha permitido situarnos entre las cinco grandes economías de la UE y en el segundo exportador de la Unión (medido por peso el PIB de las exportaciones), sólo por detrás de Alemania.

Para 2018 las previsiones apuntaban a una prolongación de la coyuntura favorable y los resultados del primer trimestre lo confirman al marcar un crecimiento del 0,7 por ciento, el decimoséptimo trimestral consecutivo, apoyado por el consumo y la construcción. Sin embargo, el Banco de España alertaba ya en su último informe de coyuntura que el sector exterior puede dejar de aportar este año al crecimiento del PIB, tras seis años consecutivos con superávit de balanza de pagos.

Amenazado por factores tanto internos como exógenos nuestro sector exterior acumula ya un déficit por cuenta corriente de 2.800 millones de euros en el primer cuatrimestre del ejercicio en curso, frente al superávit de 600 millones en los mismos meses de 2017. Una evolución negativa marcada por el descenso de 2.300 millones de euros en el saldo positivo de la balanza de bienes y servicios, lastrada por aumento de casi un 19 por ciento en el déficit del comercio de bienes y con perspectivas de desaceleración en el turismo.

Demasiadas sombras que ponen un punto de razonable inquietud en este camino de luces que proyectan los grandes organismos multilaterales y que nos llevarían a concluir que optimismo, sí; ma non troppo.

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