Opinión

Alejandro (el no tan) Magno o de la necesidad de los “agregadores” de información

Opinión-Ageron

Jesús Centenera
Ageron Internacional.


Según Plutarco, Julio César se lamentó en Hispania ante una estatua de Alejandro Magno, diciendo: “¿No creéis que tengo motivos para lamentarme, cuando pienso que Alejandro a mi edad había conquistado tantas naciones y yo en todo este tiempo no he hecho nada memorable?” Viene a cuento hoy porque en una comida con mi amigo Juan Luis me saca el tema. Él es uno más de los incontables europeos que han admirado a Alejandro Magno, como César, Mitrídates VI del Ponto, Pompeyo (también apodado “Magno”), Trajano, Napoleón y tantos otros. Cómo no admirar a ese joven impetuoso, que heredó el trono con 20 años, y dos años después se lanzó a la conquista del mundo, a la cabeza de las falanges macedónicas y de otros griegos, derrotando a los persas aqueménidas, salvando a la civilización Occidental como la conocemos, y “creando” un imperio desde los Balcanes al Indo, desde Asia Central a Egipto, muriendo a los 33 años. No olvidemos su faceta de curioso explorador, arrastrando a sus hombres por medio mundo conocido, como comentamos en un artículo anterior (“En los confines del mundo con Alejandro Magno” del 3 de abril de 2011), aunque a estos no les hiciera mucha gracia en realidad.

¿Pero lo hizo de verdad? En mi opinión, el joven rey siempre ha estado sobrevalorado, desde la antigüedad hasta hoy. Será por su propia propaganda, desde estatuas a monedas, desde escritos a leyendas, por los escritores posteriores, más bien hagiógrafos, o por nuestra visión eurocéntrica de la historia, pero los hechos no son del todo coincidentes con dicha fama. En realidad, Alejandro ascendió al trono por el asesinato de su padre, Filipo II de Macedonia, y las intrigas de su madre, Olimpia de Epiro, desplazando a la segunda mujer y al nuevo hijo de aquel. Fue Filipo el que engrasó la maquinaria de la falange macedónica que se convirtió en un arma mortífera e imparable. Y fue Filipo también, el que derrotó a los griegos en Queronea, permitiendo que su hijo se arrogase el estar al frente de un “ejército de griegos” para “vengarlos” de las acciones de Darío I y de Jerjes siglo y medio antes, al volver como un nuevo Aquiles a las costas de Asia, dirigiendo a los aqueos.

Si bien es cierto que heredó la maquinaria bélica de su padre, al menos sí que hay que apuntarle en el haber el ser un gran conquistador estableciendo el mayor imperio conocido ¿O no? En realidad, lo que hizo Alejandro fue cosechar, como fruta madura, el inmenso imperio aqueménida ante la incompetencia del pusilánime Dario III, que dilapidó la herencia de Ciro el Grande ¿He dicho el Grande, con mayúscula? Sin duda, porque fue Ciro II, el hijo de Cambises I, el auténtico gran conquistador de la antigüedad, que llevó el imperio desde el Hindu Kush hasta las riberas del Mediterráneo durante casi 30 años de duras luchas en batallas campales y asaltos a ciudades. La muerte le privó de la conquista de Egipto, que ya tenía preparada, y que remató su hijo y heredero Cambises II, incorporando la tierra de los faraones. Además, fue un soberano justo y clemente, a diferencia de lo que habían sido los terribles asirios o los babilónicos, permitiendo volver a muchos pueblos esclavizados, como al pueblo de Israel de su exilio de Babilonia ¡Cómo no acordarse del emotivo coro de los esclavos de Nabucco de Verdi con el Va pensiero sull’ali dorate! Por el contrario, sólo tres batallas, Gránico, Isos y Gaugamela fue todo lo que le costó a Alejandro hacerse el amo del orbe civilizado conocido en nuestra pequeña esquina del mundo. Y la primera fue realmente una escaramuza con un sátrapa del tres al cuatro. Por no hablar del destrozo que dejó al morir sin nombrar heredero (“¿A quién le dejas el Imperio? Al más fuerte…”), que provocó un periodo de turbulencias posterior.

En el trabajo de campo de los estudios de mercado, nos vemos enfrentados muchas veces con la tarea titánica de tener que cubrir un amplio mercado en un gran país, como Rusia, China o Estados Unidos, con la obligación de hacer muchas entrevistas en profundidad y muchos cuestionarios para poder aprehender la realidad, lo cual se prolonga en el tiempo con el coste asociado. Pero hay otro medio, el de Alejandro, que consiste en ir a ver a aquellos que ya han “conquistado” el mercado y lo conocen a la perfección, ahorrándonos muchas horas de trabajo y de búsqueda. Son los “agregadores” de información, como revistas sectoriales y periodistas especializados, directivos de asociaciones, autoridades de la administración, académicos, responsables de ferias, oficinas comerciales, etc. Por su trabajo, tienen un interés especial en conocer el mercado y suelen estar al día de las últimas tendencias, noticias e incluso, cotilleos, aunque no sean de mucho uso. De esta manera, en lugar de tener que conquistar todo el mundo, recogemos los frutos del trabajo previo de otros, como el macedonio. Claro que hay que ser capaces de ofrecer algo a cambio, para que colaboren, porque está mal visto eso de lanzarse al galope contra ellos con los “compañeros”, o enfrentarse a ellos con un bosque de larga y afiladas sarisas para obtener lo que queremos. Ofrecerles información a cambio de colaborar, o una copia de parte del estudio, o bien ponerles en contacto con terceros, o, incluso, por pueril que parezca, alabar su vanidad (¡Oh!, Rey de reyes, que todo lo sabes, y mantienes la armonía del universo, en tu papel de mediador entre los cielos y la tierra). En fin, que están allí, y hay que encontrarlos, porque saben mucho.

Por tanto, puede que el divino Julio tuviera razón sin saberlo, y que lo único que de verdad podemos admirar del joven rey macedónico, no es tanto que hubiera “conquistado” el mundo, sino que lo hubiera hecho siendo tan joven. Eso siempre es un mérito. En cualquier caso, a mí dadme a Ciro II, el Grande.

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