Opinión

Hermosa criatura de la noche o de la identificación del género en los cuestionarios

Jesús-Centenera-(Ageron)

Jesús Centenera
Ageron Internacional.


Me acerco lentamente por detrás, extasiado ante su espalda desnuda, brillante y blanca como el mármol, con pequeños puntitos, como la bahía abioluminiscente de Vieques, que baja en curva hacia sus nalgas redondeadas con esmero. Parece que duerme y sueña un sueño que no acaba. Con su cabeza de cabellos ondulados apoyada suavemente en su brazo, y su rostro impúber girado hacia un lado. Sus pequeños pechos, apenas desarrollados, apuntan a una joven doncella, bella como la náyade Salmacis (¿Tendría los ojos verdes?), pero… ¡Espera! ¿Qué es eso que se adivina un poco más abajo, tras su liso vientre que apunta ya a las primeras grasas? ¡Es un diminuto miembro viril! ¡Ay!, eres Hermafrodita, el hijo del amor de Afrodita y Hermes, fundido luego con Salmacis cuyo deseo por ti fue mayor que su amor, porque no quería tanto tu bien, como tu posesión, hasta el punto de rogar que nunca os separaseis, fundiéndose ambos cuerpos en uno.

El mundo clásico greco-romano y el Renacimiento se fascinaron con esta figura reproducida en estatuas por doquier. Se encuentra en el Prado, en el Louvre y… ¡En los mismísimos museos vaticanos! Llena de callada belleza, su erotismo no es como esas representaciones obscenas romanas que atesoraba el gabinete secreto de los Borbones en Nápoles, con estatuillas de Príapos exhibicionistas, o con aterradas ninfas que huyen de sátiros libidinosos, o incluso un montón de ahuyenta-espíritus con forma fálica que tintinean al menor soplo de la corriente.

Hace poco, varios alumnos me mostraban para mi revisión un cuestionario para el público en general que iban a utilizar como herramienta cuantitativa. Además de la edad por tramos de diez en diez, ponían una pregunta clasificatoria, cuyas respuestas podían ser las siguientes: a. Hombre b. Mujer c. Prefiero no responder a esta pregunta. Otros, a su vez, iban más allá, y proponían: a. Hombre. b. Mujer. c. No me identifico con ninguna de las anteriores. Que el mundo se ha vuelto loco hace tiempo, nadie lo duda. Que la estulticia a veces puede resultar hasta cómica, tampoco. Pero es importante entender el río de fondo subterráneo, como en Palawan, para poder interpretar la realidad de cada tiempo o Zeitgeist. En el primer caso, el problema viene porque les va a complicar el análisis. Si alguien no quiere contestar a esa pregunta, o a la edad, no la contesta. En el segundo caso, no suele haber un problema de no identificarse, sino de identificarse con un género distinto de aquel con el que se ha nacido. En cualquier caso, demuestran una preocupación respetable por un debate vivo en la sociedad, pero que aporta poco al estudio ya sea de raticidas, ventiladores o, incluso, inodoros.

Y sí, claro que sí que hay estudios interesantes sobre la comunidad homosexual, o los LGT (los de la “B” según el día, ¿verdad?) como segmento diferenciado, para identificar hábitos propios y preparar productos para ellos. Pero ni en ese caso estarían bien formuladas las preguntas, amén de que habría que aumentar la muestra de manera considerable para que fuera significativa.

A los que piensan que se les da demasiada importancia o que el lobby que ejercen es muy poderoso, les diría que piensen en dos cosas. La primera, que en este planeta nuestro, todavía hay sitios en los que te pueden colgar de una grúa por realizar prácticas homosexuales.

Por otro, aquí no hablamos sólo de colectivos, sino de individuos. Pienso a menudo en ese chico o chica frágil, que primero se preocupa de cómo lo recibirá su propia familia. El problema, queridos Edipo e Ifigenia, no está en casa, aunque mira a los excesos a los que se llega. El drama está en la sociedad, en esos compañeros crueles, que se mofan y denigran al ser humano, en un momento tan delicado. En lo duro que debe de ser salir del armario en un país como el nuestro, que hace bromas y chirigotas de todo, de manera cruel, incluso de los defectos físicos de los demás, desde el bizco, al cojo, del afeminado al tartaja o cualquier otra diferencia o marca. A veces, con chispa intelectual, como nuestro buen Don Francisco (“Entre el clavel y la rosa, su Majestad escoja”) o a veces como insulto banal (como la ministra socialista llamando “maricón” a su futuro colega de gabinete), sin respeto a los demás. También existe en otras latitudes, y si no pregúntale a Christine (“Beautiful creature of Darkness, What kind of life have you known? God give me courage to show you, that you are not alone!”) o a Esmeralda (dicen que por las noches, si te arrimas al ábside en la Île de la Cité, oyes gemir al desgraciado que vaga dentro por las noches).

A mí no me gusta el carnaval en general, ni el elegante de Venecia, ni los explosivos de Tenerife o de Río de Janeiro, ni siquiera, aunque me ría, de las chirigotas de Cádiz. Pues imagínate el desfile del orgullo Gay, que he visto en Madrid y en Nueva York, donde con la excusa de la reivindicación festiva, se producen ejemplos soeces para mi gusto pequeño burgués y se ensucia de manera extraordinaria. Por eso, puedo entender que se genere cierto rechazo, en franjas de la sociedad, incluidos algunos gays destacados (“no es esto, no es esto…”), pero estoy dispuesto a batirme el cobre porque se siga celebrando, con todos sus matices. O con una paráfrasis de la frase que se atribuye a Voltaire, que en realidad era de Evelyn Beatrice Hall (espera, ¿O era Stephen G. Tallentyre?) (¡Ah, los pseudónimos no cuentan en este relato de equívocos e identidades borrosas): “Estoy en desacuerdo con cómo lo que expresas, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a expresarlo así”.

Me dan ganas de acariciarte tiernamente la cabeza, pero temo despertarte de tu sueño tranquilo, así que prefiero pasar de largo y dejarte dormir el sueño eterno de los inmortales, susurrando yo también: “no, no estás solo”.

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