Opinión

Otro mito de autopercepción estadounidense o de unos barcos que pasaban por ahí

Opinión-Ageron

Jesús Centenera
Ageron Internacional.


Cuando analizamos los comportamientos de las personas en distintas partes del mundo es necesario saber el entorno cultural en el que se producen. Y para eso es necesario estudiar la historia “real” (si es que existe algo así), y la “verdad” que se enseña en los colegios y en los libros de historia, incluyendo los mitos que se cuentan a sí mismos.

Si preguntara por los dos mitos principales de los estadounidenses, el primero sería el de “América” como tierra de promisión, “The land of the Free and the home of the Brave”, y el otro sería el del “Destino manifiesto” y la frontera. Cómo no asociarlo con los vaqueros con sus gorros y sus cananas, cabalgando hacia el Oeste en la puesta de sol en los áridos paisajes de Arizona y Nuevo México. Allí están los John Waynes, y los John Fords, los Lucky Luke y los Mike Blueberry, los Bufalo Bills y los Jesse James, los Pat Garrets y los Billy el niño, los Custers y los Wyatt Earp, o del otro lado de la historia, los Toro sentados y los caballo locos, los Geronimos y los Cochises, y tantos y tantos otros.

Pues no. Bueno sí, pero no sólo. Cuál fue mi sorpresa cuando fui descubriendo que, además del polvo del desierto del Oeste, entre los mitos históricos de los estadounidenses había… ¡Barcos! ¡Muchos barcos! Empezamos con el Mayflower, que enlaza con el primer mito fundacional, el de los peregrinos que huyen de la persecución religiosa en Europa. El día de acción de gracias o “Thanskgiving” no supone sólo la historia de los indios y los blancos compartiendo comida, en ese año crudo y cruel, sino más bien el Tedeum por haber alcanzado la tierra en donde se puede adorar a Dios a la propia manera. Por eso es una fiesta familiar más importante incluso que la Navidad o que el 4 de julio. Aunque se difumine el hecho religioso, sigue perviviendo el espíritu de la libertad de elección y expresión. O eso se cuentan.

Pero hay más barcos. El bombardeo de Fort Sumter en la bahía de Charleston fue hecho por un barco confederado, contra el fuerte que se mantenía fiel a la Unión. ¡Ah, pérfidos sudistas, que inician una guerra a cañonazos contra la Unión! Y luego les darían para el pelo. La historia les dice que la guerra como tal “empieza” en ese momento, aunque esa fuera una pobre chispa sobre un inmenso barril de pólvora.

Otro barco famoso, a finales del S XIX, debería hacer sonar una campana por estas tierras nuestras, pero como hemos ido dejando el estudio de la historia, a muchos jóvenes no les dirá nada. Hablo del USS Maine, que voló en la bahía de La Habana 15 de febrero de 1898, en donde se encontraba “para defender los intereses y la integridad de los ciudadanos estadounidenses en Cuba” ante la insurrección de algunos cubanos de nuestra Provincia (con representación en Cortes) contra el gobierno de la metrópoli. Recomiendo leer al doctor Ángel Luis Cervera Fantoni, descendiente del Almirante Cervera y auténtico erudito del tema, que recoge las propias fuentes norteamericanas reconociendo que el “casus belli” alegado no tenía fundamento real, al haber estallado el buque desde dentro. Es tan bueno, que hasta los cubanos le han hecho miembro corresponsal de la Academia de la Historia allí.

El siguiente barco en nuestra historia es el Lusitania, un transatlántico británico, torpedeado y hundido por el submarino imperial alemán U-20 el 7 de mayo de 1915, frente a las costas irlandesas (por cierto, cuando los súbditos católicos de Irlanda todavía no se habían rebelado contra Su Graciosa Majestad. Otro día hablaré de eso, y de los islandeses, que… ¡Vaya tela!). Dicho hundimiento enfureció a la opinión pública mundial de los países no-beligerantes, sobre todo en los Estados Unidos, pero su entrada se evitó con la garantía del gobierno imperial alemán de no volver a atacar indiscriminadamente a los buques que se acercaran a las costas británicas. Aunque luego hubo un telegramita, razones de Estado y otros hundimientos, el Lusitania aparece como icono de lo malos que eran los alemanes, y de lo justo de la intervención estadounidense.

Es de cultura general, aunque sólo sea por el cine, que los japoneses atacaron Pearl Habor en la madrugada del 7 de diciembre de 1941, “a date which will live in infamy”, según el discurso de F. D. Roosevelt. Quizás sea menos conocido que el ataque contra la base aeronaval tiene un barco por excelencia, el USS Arizona, el único que no se reflotó y que se ha convertido en un memorial en donde descansan más de mil de los 1.177 marineros y oficiales que perdieron la vida en ese barco ese día. Yo estoy totalmente en desacuerdo con las teorías conspiratorias que poco menos que dicen que los estadounidenses querían dicho ataque para poder meter el país de lleno en la guerra, pero hay pruebas de que la inteligencia militar ya había descubierto parte del plan del Almirante Yamamoto. En la imaginación de todos están también las batallas aeronavales del Mar del Coral, de Midway, de la reconquista de las Filipinas o los desembarcos de Guadalcanal, Iwo Jima y Okinawa.

Y las últimas guerras norteamericanas de nuestro siglo en Oriente Medio, en concreto en Afganistán e Irak, encuentra su chispa con los sucesos de las Torres gemelas, destruidas con gran mortandad el 11 de septiembre de 2001, por unos dementes terroristas islámicos, que deberían llenar de vergüenza a todos los que cuentan los 99 nombres de Dios y que siguen las enseñanzas del Profeta. Pero no todos saben que además de otros atentados, la organización había atacado al USS The Sullivans el 3 de enero de 2000 y un ataque suicida contra el USS Cole en Adén, Yemen, 12 de octubre de 2000.

Por supuesto que todos estos acontecimientos no son un patrón, pero arrojan una luz distinta a la del polvoriento desierto para entender a los estadounidenses.

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