Javier Jaspe


La ciudad de Minsk, desconocida y enigmática para el ciudadano europeo de a pie, se ha mencionado con mayor asiduidad de la habitual en la prensa occidental a lo largo de estos últimos años. La cumbre de 2015, celebrada con objeto de mitigar los combates del Este de Ucrania, bajo el auspicio de la OSCE y la atenta mirada de Francia y Alemania, situó por aquel entonces el foco de interés mediático en la urbe del río Svísloch, capital de la popularmente conocida como última dictadura de Europa.

A colación de los acuerdos alcanzados —aunque no respetados— en Minsk II, Bielorrusia y su régimen adquirieron un humilde, aunque inusual protagonismo, gracias al cual los lectores de las páginas de internacional ampliaron sus conocimientos sobre la compleja relación de la república ex soviética con el oso blanco oriental, la Federación de Rusia.

Una vez alcanzado el ecuador de la agitada década de los 90 y, desde luego, sin haber podido asimilar el mundo la desaparición del gigante soviético, el líder bielorruso Lukashenko promovió la creación de un proyecto de integración nacional con el nuevo Estado ruso. Con el transcurso de los años, su unión comercial planteada con aspiraciones a materializarse en una futura cohesión política y militar, llevó a la opinión pública de Europa Occidental a considerar Bielorrusia como una suerte de protectorado ruso, actuando a modo de última frontera con poniente. De este modo, se constituía como el tapón perfecto entre Moscú y los países de Europa Central, crecientemente atlantistas y progresivamente adheridos a la Unión Europea.

No obstante, el Estado de la Unión formado por el binomio Minsk-Moscú ha atravesado picos y valles durante sus dos décadas largas de historia. Las relaciones comerciales entre ambos Estados han sido tradicionalmente el eje gravitatorio de la alianza, en torno al cual mantener el resto de afinidades y criterios comunes, los cuales han favorecido principalmente los intereses estratégicos de Rusia. En este contexto, Bielorrusia se beneficiado de un jugoso descuento arancelario a la hora de importar hidrocarburos rusos, que el Kremlin pretende fulminar para 2024 en la ya conocida como “maniobra fiscal”.

Este movimiento del Gobierno de Putin, en un intento de mejorar una economía en constante declive —razón por la cual su popularidad se encuentra bajo mínimos— supondrá un importante menoscabo para la salud financiera bielorrusa, que a razón de causa efecto perjudicaría seriamente la popularidad del régimen, escenario ante el cual Lukashenko y los suyos se encuentran visiblemente incómodos.

Adicionalmente, el mandato de Putin vislumbra su último ciclo, lo cual exige al dirigente ruso explorar fórmulas que le permitan perpetuarse en el poder, puesto que la maniobra de intercambio de sombreros que situó a Medvedev en la presidencia en 2008 no resultaría una opción válida, dado el contexto actual. Así pues, la rumorología se extiende en la dirección de una búsqueda de la unión total entre Rusia y Bielorrusia, buscada por Moscú a fin de obtener la piedra filosofal en la forma de un nuevo Estado que no comporte óbice constitucional alguno para ampliar el liderazgo de Putin. Por su parte, Lukashenko ejerce un discurso ambiguo en el que por momentos se muestra reacio a progresar en la integración ante la falta de una compensación lo suficientemente satisfactoria para promover de nuevo, de cara a su ciudadanía, una política oficialista de apoyo incondicional a Rusia.

Desde principios de 2019, se han sucedido una serie de encuentros entre ambos líderes, así como se han dispuestos grupos de trabajo bilaterales para tratar el actual estado del proyecto común. Moscú, asegurando desde su prisma que los niveles de integración se encuentran en niveles considerablemente elevados, sostiene en una mano posibles compensaciones a Bielorrusia a cambio de gestos por parte de Misnk que favorezcan un avance tangible y notable en el Estado de la Unión, con respecto a lo firmado en el tratado de 1999. Esta especie de ultimátum ha dado pie a que algunos analistas sospechen de las intenciones de Moscú, con vistas a 2024.

Hasta ahora, cualquier atisbo de nacionalismo bielorruso se había interpretado por parte del aparato estatal como un signo de oposición al sistema de Lukashenko. Sin embargo, a pesar de mostrar un rostro afable ante Moscú en sus visitas al Kremlin, el presidente de Bielorrusia ha desplegado un aperturismo palpable hacia el fomento de la identidad nacional en su país, enterrada durante siglos. Con este movimiento, levanta tímidamente el veto a sectores de la sociedad civil, las cuales parece emplear a modo de as en la partida que mantiene con su aliado del Este. En este sentido, la oposición bielorrusa en el exilio le acusa de utilizar la soberanía nacional y los símbolos bielorrusos como arma para conservar el poder, asegurando que para Lukashenko la independencia de Bielorrusia es meramente anecdótica, puesto la actual relación con Rusia, fruto de la unión nacida tras la disolución de la URSS, es su hijo político.

De cara a la galería y ante la realidad existente, ambos actores mantienen que la unificación no se encuentra sobre la mesa. Putin, por su parte, afirma ante la comunidad internacional que no existe plan alguno para la creación de esta nueva figura estatal. Mientras tanto, Lukashenko parece aparcar temporalmente sus pretéritas aspiraciones a presidir el Estado de la Unión, para no comprometer la estabilidad de su Administración.

Desde la anexión de Crimea y a la vista de las intenciones de Putin a la hora de “proteger” el denominado “espacio ruso” en los antiguos territorios de la órbita soviética, Minsk ha mantenido una posición gradualmente estática ante la política exterior rusa, esgrimida por un Putin obcecado en devolver a Rusia el otrora esplendor geopolítico de la difunta Unión Soviética. En paralelo, a la espera de obtener una indemnización lo suficientemente provechosa como para olvidar el perjuicio generado por las nuevas políticas fiscales rusas que padecerá su país, Lukashenko abre —no exento de riesgo— la puerta de las voces que mantienen una señal de advertencia para mantener a Occidente en alerta acerca de la importancia estratégica de Bielorrusia para la seguridad y la paz en Europa y, por extensión, en todo el mundo.

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