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La respuesta es la Industria

En los últimos veinte años, el peso de la Industria en el conjunto del PIB español ha caído unos cinco puntos porcentuales, pasando de representar casi el 20 por ciento en 1995, a poco más del 15, en 2014. En paralelo, el empleo industrial se ha reducido hasta suponer en 2014 un 13,7 por ciento del total, cuando en 2006 superaba el 16 por ciento, y muy lejos de las cifras registradas en los años 70 cuando la Industria llegó a emplear al 34 por ciento de los trabajadores.

Esta evolución en España, se enmarca en una tendencia en la UE-28 donde el empleo industrial ha caído casi tres puntos porcentuales en los últimos ocho años. En Europa, la Industria supone hoy el 15 por ciento de la producción y ocupa a 35 millones de europeos, cinco millones menos que hace una década.

En muchos países europeos, entre ellos España, durante la expansión económica que acabó en 2007, se extendió la idea de que era posible mantener la potencia industrial, trasladando a países más competitivos en costes una parte importante de la producción.

Ese planteamiento que se ha demostrado devastador, derivó en una falta de incentivos y de políticas de fomento de la industria de los que el mejor exponente es aquel malhadado lema de que la mejor política industrial es la que no existe.

Muy al contrario, la falta de política industrial ha derivado en el traslado de la actividad industrial a países emergentes que han sabido valorar y aprovechar la oportunidad que les ofrecía el desinterés de las economías europeas por su Industria.

Esos países asimilaron conocimientos que les trasladaban economías más maduras, crearon sus propias estructuras industriales, formaron profesionales, extendieron redes comerciales y crearon un “ecosistema industrial” que actualmente les permite competir con éxito.

Sin embargo, en los países “exportadores de industria”, entre ellos en España, se ha perdido cantidad y calidad de producción, y capacidades para desarrollar y diseñar nuevos productos y servicios. Se ha reducido su capital industrial, material y humano y el nivel y la calidad del empleo, provocando una caída de la competitividad global.

Este proceso ha supuesto en Europa un traslado de inversión y empleo industrial a actividades de menor valor añadido y resistencia ante a los ciclos económicos, con la consecuencia de que franjas importantes de población, antes ocupadas en la Industria e instaladas en el bienestar de las clases medias, han visto rebajados sus salarios y amenazados sus empleos.

Esta deriva desindustrializadora es una preocupación nuclear en toda Europa y existe un consenso amplio sobre la necesidad de que la Industria siga siendo el motor de la economía, su seña de identidad y su garantía de futuro. Un consenso que desemboca en el plan de recuperar en 2020 la cifra del 20 por ciento del peso de la actividad industrial en el PIB.

En España, asistimos recientemente a una campaña electoral en la que los partidos políticos proponían respuestas a algunas de las cuestiones que mayores incertidumbres proyectan sobre el futuro de España en términos de progreso económico y social.

El empleo estable y bien remunerado, la competitividad externa e interna, la innovación, la viabilidad de nuestro modelo de protección social o la sostenibilidad medioambiental, están centrando el debate político y generando propuestas con muy distintos grados de fundamento y de posibilidades de ser aplicadas con éxito.

Pero en todas las propuestas, explícita o implícitamente y más o menos consciente y deliberadamente, está la actividad industrial porque no existen posibilidades reales de responder correcta y eficazmente a las actuales incertidumbres sin la Industria.

Todas las respuestas pasan por la Industria, seguramente porque la Industria es la respuesta. Sólo una Industria fuerte, productiva y competitiva permitirá mantener la prosperidad y el estado del bienestar, preservando el medio ambiente a través de la innovación y con empleo cualificado y estable.

La reindustrialización es hoy el primer reto económico de nuestro país y la mejor arma contra el paro estructural que sufrimos. Pero reindustrializar no es tarea fácil, exige políticas de Estado que permitan derribar las trabas y obstáculos estructurales que rebajan el atractivo a la inversión industrial y lastran su desarrollo.

Los problemas de financiación de las empresas industriales españolas, muchas de ellas con un tamaño reducido, las dificultades para la formación y la cualificación de los trabajadores, la insuficiente inversión en innovación, los obstáculos a la salida al exterior, la fragmentación del mercado interior, las poco competitivas tarifas energéticas o la actual estructura de costes, son algunas de esas trabas.

La Industria, para ser competitiva, ha de tener una elevada productividad lo que exige excelentes infraestructuras, sofisticados bienes de equipo y un personal muy bien formado para aprovecharlos y hacerlos eficientes y rentables.

Pero, sobre todo, necesita la voluntad y el esfuerzo del conjunto de la sociedad y de las administraciones, para impulsar la Industria y su competitividad. Se trata de contraer un compromiso global con la Industria, que es tanto como decir un compromiso con el progreso económico y el bienestar social.

En una coyuntura económica que se aleja de la recesión pero exige todavía actuar para consolidar lo conseguido, desde la Industria es el momento de insistir en que no se puede abandonar el camino de las reformas, el único que garantizará en el futuro un crecimiento sólido y sostenido del que pueda beneficiarse toda la sociedad.

En política económica, la Industria necesita inversión en infraestructuras realmente productivas, estímulos a la demanda y al consumo de bienes industriales, mejorar la financiación de las empresas y actuar contra la morosidad, apoyar la internacionalización y trabajar por la simplificación administrativa y la unidad de mercado.

En materia fiscal, se ha de combatir el fraude, coordinar las políticas tributarias estatales, autonómicas y locales, reducir el Impuesto sobre Sociedades, muy especialmente para las Pymes que constituyen el núcleo de la Industria Española, aumentar la flexibilidad de amortización de inversiones y poder compensar los tributos con las deudas de la Administración.

En el ámbito laboral, es necesario flexibilizar y simplificar los sistemas de contratación, reducir las cotizaciones sociales empresariales, modernizar el sistema de negociación colectiva y reforzar el papel de los agentes sociales, potenciar el papel de las empresas en la formación profesional para el empleo, establecer un sistema eficiente de formación continua utilizando correctamente el 0,6 por ciento que aportan las empresas y poner coto al absentismo laboral.

Las empresas industriales necesitan un suministro de energía competitivo y seguro, modernizar infraestructuras y redes, mejorar las interconexiones internacionales eléctrica y gasista, la definición de un mix de generación equilibrado y generar eficiencia en el mercado y estabilidad en el sistema.

En el terreno de la I+D+i, se debe orientar la investigación al mercado y a la innovación en productos y servicios, impulsar planes y programas de apoyo y mejorar la financiación y el marco normativo de la innovación.

También será decisivo para la Industria apoyar la transformación digital de las empresas en tecnologías, procesos y productos, en el acceso a los mercados globales, en las relaciones con proveedores y clientes y en la gestión del personal y del conocimiento.

Por último, en el terreno medioambiental se precisan criterios proporcionados, únicos y homogéneos, estabilidad, previsibilidad y simplicidad  en el marco normativo, garantizar la leal competencia y una legislación acorde las necesidades y posibilidades reales del entorno empresarial.

España es una potencia mundial en varios sectores industriales, casi todos ellos con cadenas de valor integradas por grandes empresas tractoras y numerosas Pymes, y podría extender ese liderazgo a otros segmentos de actividad si se allanase su camino.

Un tejido industrial fuerte permitirá resistir mejor los ciclos económicos recesivos y aprovechar mejor los expansivos, y su repercusión en la actividad del resto de la economía y en la mejora de la productividad global será mayor que la de cualquier otro sector.

Pero para ofrecer esa contribución, la Industria necesita recuperar la competitividad perdida por la caída de la productividad, la falta de innovación, el poco favorable clima empresarial, el estancamiento de las infraestructuras y las dificultades de financiación. En resumen, revertir la tendencia actual para atraer la inversión hacia la Industria.

Antonio Garamendi
Presidente de Cepyme y de Confemetal

 

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