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La esperanza europea: desde la grandeza de la unión a la miseria identitaria

Los olvidados Padres Fundadores (Monnet, Adenauer, De Gasperi y Schuman) junto con otros grandes gurús del proyecto pan-europeo como Aristide Bertrand, Ortega y Gasset o Unamuno, anhelaban una Europa próspera y en paz, e inspiraban las teorías federalistas integrales de Alexander Marc y Denis de Rougemont, cuyo objetivo principal era la búsqueda de la Paz Perpetua kantiana y una más justa gobernanza global.

Con el tiempo, esta primera utopía europea, la de la unión económica, se materializó con éxito, en un complejo entramado competencial y normativo, amparado por el constitucionalismo multinivel, que gracias al sistema de checks&balances, garantiza el funcionamiento conjunto (como todo, siempre mejorable) de sus instituciones.

La segunda utopía, la de la unión política, en cambio, aún está por cumplirse. Pero desde hace unos años, seguramente debido al efecto de la gravísima crisis financiera (y de una profunda ignorancia histórica), algo falla en el sentimiento de progreso y en el entusiasmo de las futuras generaciones.

Se ha instalado en nuestra sociedad un meta-relato aciago y pesimista sobre la ineficacia y la ineficiencia de las instituciones europeas. La narrativa del fracaso se repite en los miles de artículos sobre el Brexit, el Grexit (y quién sabe si ahora incluso el Frexit), la crisis del Euro, o la desgarradora crisis migratoria y humanitaria. La gente parece haber olvidado el porqué del proyecto pan-europeo, y el éxito, sin precedentes, de una construcción integradora, que ha pacificado el continente desde su creación, dotando de una prosperidad desconocida a sus habitantes, durante cuatro generaciones. La frustración de determinados sectores de la población, en su mayoría jóvenes, se canaliza en movimientos antisistema, antieuropeos y, en general, antiglobalización.

Pero como bien apunta el sociólogo Ulrich Beck, no existe alternativa nacional a la globalización. La interdependencia de los Estados, de los individuos y de las instituciones es imparable, como demuestran, en primer lugar, la tozuda realidad y, de forma más académica o teórica, y solo a modo de ejemplo, los estudios de los Premios Nobel, Diamond, Mortensen y Pissarides o las obras de los economistas Alesina, Acemoglu y Robinson.

La pregunta, a la que urgentemente hay que buscar respuesta, es ¿Qué puede hacer Europa para ofrecer, una vez más, soluciones y no enconar el problema identitario, al que algunos nos quieren conducir?

La compleja respuesta está en dar el salto de una unión económica a una unión política. Renovar y reforzar el sentimiento europeo de sus habitantes. Compactarse en un bloque único a nivel mundial, con una sola voz. Ser, una vez más, el centro neurálgico del progreso, ofreciendo soluciones creativas y pragmáticas en un mundo globalizado.

En este sentido, se hace necesario reforzar los lazos ciudadanos europeos mediante un conjunto de medidas legislativas parlamentarias y de la propia Comisión, que reduzcan la negativa e inútil lectura en clave nacional o local (el ejemplo de Valonia es un peligroso precedente) de las políticas públicas y las elecciones al Parlamento Europeo.

En primer lugar, permitir que los ciudadanos puedan votar directamente al Presidente de Europa, como en un sistema presidencial, para sentirse parte de la elección del líder, personalizar la dirección programática y participar activamente en el sistema.

A nivel nacional, promover que los ciudadanos de la Unión, residentes en terceros estados miembros, puedan votar en las elecciones generales del país de residencia, ya que sin el reconocimiento de este derecho fundamental difícilmente se logrará una verdadera integración ciudadana, participativa y representativa, en la sociedad civil del país de la UE de residencia.

Por último, permitir que los partidos políticos nacionales mantengan un porcentaje de sus listas electorales para ciudadanos extranjeros europeos residentes en el país.

Medidas urgentes para sentirse realmente ciudadano de la Unión Europea, al alcance de la voluntad política de los actuales líderes y que, además, deberían complementarse con el necesario impulso a las Políticas Europeas de Seguridad y Defensa: el reforzamiento del control de fronteras periféricas, por el Frontex y la Europol, y con un aumento de las competencias del Servicio Europeo de Acción Exterior.

En definitiva, responder a la creciente crisis económica y social que está golpeando la UE, con un impulso ilusionante y renovador del proyecto para el conjunto de la sociedad civil. Este sería sin duda el mejor antídoto contra los peligrosos endemismos de la democracia que están emergiendo en la Unión Europea y que bajo la apariencia identitaria de algunos populismos, nacionalismos o radicalismos, confluyen en una preocupante anti-política que centrifuga este Proyecto Europeo que nos ha permitido el mayor periodo de paz, prosperidad y democracia que nunca había conocido Europa.


Alessia Putin
Abogada y Doctora en Derecho.

 

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